La Conciliación
¿QUE ES LA CONCILIACION?
Es un procedimiento por el cual las partes en conflicto con la asistencia de un conciliador encuentran una solución justa y satisfactoria para ambos sin necesidad de ir a un litigio en el Poder Judicial.
¿PARA QUE SIRVE?
Para resolver problemas como:
Asuntos familiares ( Alimentos, Régimen de visitas, Distribución de gananciales )
Desalojos
Obligaciones de dar dinero ( deudas, alquileres atrasados, etc.)
Resolución e incumplimiento de contratos
Indemnizaciones ( daños y perjuicios )
Asuntos comerciales
División y Partición de Bienes
Asuntos vecinales ( todo tipo de disputa)
Derechos y conflictos sobre bienes inmuebles y de propiedad.
VENTAJAS DE LA CONCILIACION
AHORRO DE TIEMPO, DINERO Y ENERGIA
Se alcanza un arreglo en corto tiempo a un menor costo y sin un enfrentamiento judicial
CUIDA SUS INTERESES
Al dar solución a sus conflictos de una forma rapida a través del diálogo adecuado
TU ERES EL QUE DECIDE
Son las partes las que tienen el poder de decisión sobre el conflicto que tren, convirtiéndose en sus propios jueces.
VALOR DE SENTENCIA
El acuerdo alcanzado tiene valor de ejecusión es decir similar a una sentencia judicial.
CONFIDENCIALIDAD
Todo lo que se trata en la conciliación se guarda reserva pór las partes y el conciliador.
.
COMO SE DESARROLLA UNA CONCILIACION
Cualquiera de las partes en conflicto puede acudir al Centro de Conciliación Francisco del Castillo y solicitar sus servicios.
El Centro de Conciliación cursa invitaciones a ambas partes a una reunión conjunta (Audiencia) señalando día, lugar y hora de la reunión.
Este proceso la inicia el conciliador brindando información detallada sobre la conciliación y el papel que cumple el conciliador en dicha reunión.
Las partes con el apoyo del conciliador, buscarán llegar a acuerdos que sean beneficiosos y mutuamente satisfactorios.
Los resultados del proceso conciliatorio se registrarán en un documento llamado “Acta” y lo expresado en ella tiene la misma fuerza que una sentencia judicial con autoridad de “Cosa Juzgada”
¿QUIENES SOMOS?
Somos una Asociación Civil, cuyos miembros estamos comprometidos con parroquias y obras sociales de la Iglesia para brindar servicios de conciliación extrajudicial preferentemente a los sectores mas necesitados de la comunidad.
Buscamos procurar una solución a los conflictos que se generan en la comunidad, contribuyendo al desarrollo de una cultura de paz, promoviendo la dignidad de la persona humana, fortaleciendo la solidaridad y fraternidad cristiana.
¿DONDE ESTAMOS?
Actualmente tenemos 2 Centros en la ciudad de Lima que funcionan en las parroquias y obras sociales de la Iglesia.
CENTRO DE CONCILIACION FRANCISCO DEL CASTILLO
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FATIMA
Dirección: Malecón Armendáriz Nº 915
Miraflores
Teléfono: 243-2330
Horario: Lunes a Viernes de 10 am a 1pm y de 3pm a 6pm.
CENTRO DE CONCILIACION FRANCISCO DEL CASTILLO
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS
Dirección: Jr. Aguarico Nº 586
Breña
Teléfono: 332-1509
Horario: Lunes a Viernes de 10am. A 1pm y de 3pm. a 6pm
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Es un procedimiento por el cual las partes en conflicto con la asistencia de un conciliador encuentran una solución justa y satisfactoria para ambos sin necesidad de ir a un litigio en el Poder Judicial.
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Francisco del Castillo: Misionero Popular del Perú
Por Armando Nieto S.J.
El recuerdo de la santidad heroica del Venerable Padre Francisco del Castillo, jesuita limeño (1615-1672) no se ha extinguido con el paso de los siglos. Sigue suscitando devoción entre los fieles de su ciudad natal, que acuden de preferencia hasta la iglesia de San Pedro -donde se encuentran su sepulcro y la célebre Cruz de Baratillo- para implorar gracias y reconocerle favores.
Podemos determinar con exactitud la fecha inicial del trabajo apostólico del Padre Francisco en la Plazuela del Baratillo: fue el 1º de marzo de 1648, primer domingo de cuaresma. Lo relata así el propio Francisco:
"En el tiempo en que estaba leyendo Gramática en la primera clase de mínimos, andaba con unas entretelas y luces grandes ante los ojos y una singular propensión y esperanza de alguna cosa de gran servicio y gloria de Dios, en el barrio de San Lázaro, sin acabar de saber ni entender lo que era, hasta que el primer domingo de la cuaresma, a primero del mes de marzo de 1648, corrió la providencia divina la cortina y el velo al misterio, porque yendo a hacer la doctrina cristiana a la parroquia del Señor San Lázaro, aquella tarde, en donde se hacía la misión aquel año, y pasando como una cuadra del Baratillo, que es como la feria en España, me dijo el hermano compañero que iba conmigo, que volviese el rostro y viese la mucha gente que había en el Baratillo. Volví el rostro y viendo el grande gentío que había, me dio un ansioso deseo y un gran fervor y determinación de ir allá. Fui y rompí por entre la gente y con la cruz que llevaba en la mano, puesto sobre una piedra y arrimando a la peana de adobes que estaba en medio de la calle, en que estaba una cruz de mangles, comencé a levantar la voz poniendo y ponderando a la gente las palabras del capítulo cuarto y tercero de San Mateo, en que Cristo, Redentor nuestro y su santísimo Precursor, comenzaron su sagrada predicación, diciendo: Poenitentiam agite; appropinquavit enim regnum coelorum. Exhorté a penitencia a la gente, y díjeles, entre otras cosas, que supuesto que aquel lugar se llamaba del Baratillo, lo era por lo barato que se vendía allí cielo, sólo por la penitencia y por un acto de contrición verdadera. Acabé la exhortación y la plática cantando y ponderando un ejemplo, y con un acto fervoroso de contrición" (1)
Era el Baratillo por esa época un concurrido mercado, que se extendía en una ancha plazoleta, cercana a la margen derecha del Rímac y al Puente que construyó el marqués de Montesclaros. Todavía hoy existe la plazuela, donde se halla el edificio del Mercado, situados -una y otro- en el jirón Paita (que se llamó un tiempo jirón 2 de Julio de 1950). Ese es el sitio señalado por Francisco del Castillo. Como todo mercado popular, la compraventa trajinaba toda clase de géneros y productos, aunque la vecindad del matadero favorecía el expendio de carne en el rastro.
Por las referencias del Padre Francisco sabemos que ya existía una rústica peana de adobes sobre la que se levantaba una cruz de mangles. También consta que, unos siete años antes, el jesuita Gabriel Perlín había ya enseñado la doctrina en aquel lugar. Esa cruz primitiva era distinta de la gran cruz que con el nombre de la Cruz del Baratillo se conserva y venera actualmente en la iglesia de San Pedro.
Volvió Francisco al Baratillo el domingo 8 de marzo y repitió con nuevo ardor la predicación. Sencillo y directo, inculcaba las verdades fundamentales de la fe; pero con fuerza y acento tal, que no se veía en él a un misionero rutinario o cansado que pronuncia un sermón aprendido, sino a un auténtico hombre de Dios, que llegaba con rara penetración a los corazones de los oyentes. "Tenía el fuego y el celo de San Vicente Ferrer" declaró el padre Juan de Goicochea, testigo de visu. (2) ''Si predicaba a los negros, Dios le inspiraba lo que ellos podían comprender; si a los españoles, lo mismo" decía el exprovincial mercedario Francisco Mejía.(3) El padre Gaspar de Sobrino, provincial jesuita en el Nuevo Reino de Granada, que fue luego rector del colegio de San Pablo en Lima, quiso saber por sí mismo en qué consistía la tan alabada predicación del Padre Castillo. Y acudió una tarde de domingo al Baratillo procurando pasar inadvertido. Regresó impresionado al colegio de San Pablo e hizo el siguiente comentario:
"Esto es predicar, convertir almas, ¿y qué predicamos, si no predicamos así?" (4)
Y así continuó Francisco, domingo tras domingo, difundiendo la Palabra de Dios, moviendo a conversión y a penitencia, enardeciendo los corazones en el amor a Cristo y a María. Sus métodos no podían ser más sencillos: subido en un escaño o sobre una rústica mesa, teniendo detrás una cruz grande: primero fue la de mangles que él ya había encontrado en la plazuela; y luego la que él mismo dispuso. Este cambio de la cruz se efectuó -según apunta en su Autobiografía - el 2 de marzo de 1653.
Ese día, en la vecina parroquia de San Lázaro, el arzobispo Pedro de Villagómez bendijo una nueva cruz, de madera de roble, la cual se llevó en una solemne procesión a hombros de sacerdotes con sobrepellices y estolas, y la música de la Catedral. La cruz se enarboló y colocó por manos de los mismos sacerdotes que la condujeron, en la peana de la plazuela del Baratillo.
A partir de entonces, con el pleno apoyo de la autoridad eclesiástica, la predicación como que cobró nuevo vigor. Para mayor comodidad de los oyentes -sobre todo en los meses del calor veraniego- decidió el Padre Francisco construir una ramada que cubriese parte de la plazuela. Solicitó una limosna para costear los gastos de la ramada y vino de inmediato la respuesta. "Apenas bajó de la tarima sobre la cual predicaba, un caballero le dio 700 piezas de a ocho, lo que costaba la citada cobertura de ramas".(5)
En su predicación y catequesis recurría a láminas muy expresivas, que tenían como tema los novísimos. Era el mismo método que había aplicado en Cartagena San Pedro Claver. Según declaró el intérprete angolés Andrés Sacabuche, Claver predicaba a los esclavos mediante cuadros ilustrados. Hablaba de la inmortalidad del alma, sobre todo del infierno; un alma en pena y también un alma que estaba en la gloria.(6) Con recursos sencillos, quizás ingenuos, los dos insignes apóstoles de los negros se adaptaban a auditorios igualmente sencillos e ingenuos.
Francisco llevaba ya casi dos años trabajando en el apostolado del Baratillo, cuando los superiores le comunicaron que el Padre General le había concedido la profesión solemne de tres votos.
La profesión solemne de los sacerdotes de la Compañía de Jesús incluye, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, un cuarto voto de obediencia al Romano Pontífice. Se podría otorgar a jesuitas que hayan dado "mucha satisfacción de su talento y virtudes a gloria de Dios Nuestro Señor".(7) San Ignacio previó la posibilidad -aceptada por el Papa- de que excepcionalmente ("raras veces") algunos miembros de la Compañía, "por su devoción y por la calidad de la persona, con licencia del prepósito general podrán hacer los tres votos solemnes".(8) En esta excepción fue acogido el Padre Francisco del Castillo.
En su época de estudiante no había llegado a completar el curso regular de Teología. Pero si no fue brillante en los estudios (y los dolores de cabeza se los hicieron aún más arduos), dio muestras más que suficientes de su eximio espíritu religioso y evangelizador, dentro y fuera de las casas de la orden. Sobre todo se recordaba su ejemplar actuación como capellán de la expedición naval a Valdivia (Chile) entre enero y mayo de 1644. Por eso juzgaron los superiores que a un sacerdote tan notable por su abnegación, predicación y celo apostólico no debía rehusársele la profesión solemne de tres votos.(9)
Preparado con un retiro de ocho días, hizo la profesión solemne de tres votos durante la misa que celebró en la iglesia del colegio de San Pablo, el 6 de febrero de 1650, el padre provincial Francisco Lupercio Zurbano.(10) Según la costumbre, el celebrante recibe la profesión -leída por el nuevo profeso- poco antes del momento de la comunión. Zurbano la recibió en nombre del prepósito general de la Compañía (que lo era entonces Francisco Piccolómini).
Cumplido ese acto, de tanta significación para la Provincia del Perú, quedó Francisco del Castillo perpetua y definitivamente incorporado a la Compañía de Jesús. Sólo otros dos sacerdotes estaban en esa condición de profesos de tres votos: Gabriel Perlín y Pedro de Rivalagua. Ambos fueron muy notables misioneros. Perlín había trabajado intensamente con los indígenas y los negros y aprendió sus lenguas para llegar mejor a ellos. Precedió a Francisco en el apostolado del Baratillo.
El orden y contenido de la pedagogía catequética practicada en el Baratillo era muy simple, y sería forzado querer encontrar en ella líneas novedosas de pastoral. Más que con razones sutiles y conceptuosos términos, buscaba Francisco llegar con el fuego de la convicción a las almas de los fieles. Prefería tomar textos de la Sagrada Escritura y ejemplos sencillos, a imitación de San Pablo, quien anunciaba a Jesucristo no con persuasivos discursos de humana sabiduría, sino en la manifestación y el poder del Espíritu (1 Cor 2,4).
Culminaba el sermón con un ejemplo sobre la devoción a la Virgen María y el acto de contrición. La invocación final a Nuestra Señora era la siguiente:
Dios te salve, Hija de Dios Padre; Dios te salve, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, Esposa del Espíritu Santo; Dios te salve, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad.
Intercalaba un padre nuestro y una avemaría y añadía: "María, Madre admirable, Consoladora de los afligidos, Reina de todos los ángeles, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus misericordiosísimos ojos, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén, Jesús".(11)
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Frecuentaban también el Baratillo indígenas venidos del interior del país, que ignoraban el castellano. El Padre Francisco logró que se les enseñase la doctrina en quechua "y se predicase en su misma lengua a los indios, por ser muchos los que allí acuden, así serranos como ladinos, con ocasión de la feria".(12)
La triste situación de los más pobres y marginados fue preocupación constante. Lo demostró al consagrarse por tantos años al apostolado en el Baratillo y en Desamparados, y al acudir con frecuencia a obrajes, haciendas, tenerías y míseras chozas, allí donde pudiera llevar el consuelo de su personalidad humana y sacerdotal, la palabra de alivio y los sacramentos que reaniman y fortalecen el espíritu agobiado por la dureza de la vida.
El contacto con los pobres lo abrió a una realidad lacerante: la de los indios y esclavos negros que padecían pobreza, opresión y desprecio en la Ciudad de los Reyes. Un hermano coadjutor de la Compañía, Pedro de Quintanilla, que había sido alumno de Castillo en el colegio de San Martín, "le oyó decir muchas veces que había pedido licencia a sus superiores para ir a predicar a los infieles, y que no habían querido concedérsela, para cuyo fin compuso e hizo imprimir tres catecismos en las tres lenguas, castellana, de indio y de negro; la tenía manuscrita, para ir a las misiones de las chacras y para los obrajes, plazas y calles, preciándose de enseñar la doctrina cristiana a la gente de más baja condición, que son los esclavos".(13)
Era la suya una predicación de fuerza transformante. De allí que la fama de santidad del Padre Francisco se hiciese proverbial en Lima. Muy pronto comenzaron a divulgarse relatos de conversiones extraordinarias y aun de hechos prodigiosos que tuvieron como escenario la plazuela del Baratillo. Lo mismo ocurrirá en la capilla e iglesia de los Desamparados.
Fray Antonio de Morales O.P., obispo electo de la Concepción en Chile, afirma que conoció al Venerable en 1665, cuando vino a Lima como prior del convento de San Juan Bautista, y que muchas veces desde los pasillos altos de éste, desde donde se divisaba el Baratillo, vio el gran concurso de gente que seguía al Padre Francisco atraída por su doctrina y celo. Era tan grande el fervor con que predicaba, que si bien la distancia era considerable, oía los ecos de la voz del Padre. Esa predicación no se acreditaba con palabras rebuscadas o floridas sino por provenir de un hombre inflamado en el amor a Dios y al prójimo, un hombre lleno de afable serenidad y amabilidad, incapaz de alterarse, afectuoso "sobre todo con los pobres".(14) Raro es el testigo del proceso de beatificación que no hubiese oído de las transformaciones operadas por la acción apostólica de Francisco en el Baratillo.
Un día es un hombre resentido porque su amante había resuelto dejar de convivir con él después de un sermón. Y decide tomarse la venganza por propia mano. Siguió los pasos del Padre con intención de victimarlo. Y llegando al Puente, el Siervo de Dios se vuelve tranquilamente al sujeto y le dice: "Hijo, Dios no te da licencia para cumplir tu intento". Y al punto, aquel hombre, turbado y confundido, deja caer la daga en tierra.(15)
Otro día es un hombre acaudalado, que se siente tan impresionado por las palabras del Padre, que le busca para decirle: "Ya el mundo se terminó para mí; disponga a su voluntad". A los pocos días ingresa en el noviciado de los agustinos. Y el testigo que cuenta esto, el Hermano Juan Antonio Inga, coadjutor jesuita, añade que él mismo determinó también hacerse religioso luego de escuchar al Venerable en el Baratillo.
Un forastero llamado Juan de Vergara, alejado de toda práctica religiosa, había venido en viaje de negocios desde Potosí, donde llevaba una vida desarreglada. Acudió por curiosidad a escuchar al Padre, pues la gente ponderaba su predicación. Vergara se sintió retratado en el sermón. Experimentó, con la estupefacción del caso, una gran vergüenza pero también el deseo irreprimible de venganza. Al no poder ponerla por obra, cayó en la cuenta de su dañada intención. Se arrepintió y confesó y resolvió hacerse terciario de San Francisco en Lima. Y vivió ejemplarmente en el convento hasta su muerte.(16) El padre Martín de la Cerda S.J. oyó decir a muchas personas: "El Padre Castillo nos ha cambiado". (17)
En las Informaciones hechas en Lima en 1677 se contiene uno de los testimonios más elocuentes del proceso. Proviene del alférez Antonio de Valladares, de 59 años. Cuenta que en su juventud oyó predicar al Padre y supo de sus virtudes y de su apostolado entre los esclavos y pobres y de las conversiones que lograba. Pero tan excelente concepto se cambió en displicencia y poca estima cuando comenzaron ciertas murmuraciones. Se criticaba al Padre que el virrey Conde de Lemos le hubiese escogido como confesor y que tuviera libre entrada en los ambientes del palacio. Molestaba en especial a Valladares que "Su Excelencia, por consejo del Siervo de Dios, hubiese desterrado a algunas mujeres de mal vivir, y entre ellas a una con la que este testigo (Valladares) estaba mal amistado''.(18)
El buen concepto de otrora había derivado en rencor y resentimiento. Pero un día, pasando por el Baratillo, advirtió Valladares que el Padre estaba predicando, como lo hacia todos los domingos. Detúvose a escucharlo hasta que acabó. Vio con asombro que la figura del sacerdote estaba "circundada de una luz muy resplandeciente", que le venía de pies a cabeza como media vara de distancia de su cuerpo. Quedó el testigo maravillado y estupefacto, aunque atribuyó el fenómeno a la refracción. Terminado el sermón cesó la irradiación. Intrigado por tan extraño hecho, pasó Valladares la semana dándole vueltas al asunto. Con objeto de cerciorarse volvió el domingo siguiente al Baratillo y vio al Padre "todo rodeado de luz como el domingo antecedente, lo cual duró todo el tiempo del sermón". Valladares conoció entonces "que Dios Nuestro Señor le había dado a entender con aquel prodigio la gran virtud y santidad de su siervo y que le tuviese en la estimación y concepto que merecía, como efectivamente lo tuvo después, venerándolo y reverenciándolo como a gran santo, justo y amigo de Dios". (19)
El apostolado del Baratillo no dejó de traerle a Francisco contrariedades, incluso por parte de algunos hermanos de orden. Hubo oposición de miembros del Ayuntamiento limeño, disgustados porque la feria sufría perturbación e interrupción con las predicaciones, la peana y la cruz en la plazuela. A tanto llegó la oposición de los regidores que aceptaron arrendar el sitio a unos comerciantes que ofrecían seis mil ducados. Noticiado el virrey Conde de Alva de Liste de lo que se pretendía, "envió a decir a los del Cabildo no hiciesen escritura del lugar del Baratillo por ningún dinero, sino le destinasen al empleo de la doctrina y predicación del Venerable... Con esto se pudo extender más la enramada".(20)
Dentro de la Compañía los opositores eran algunos sacerdotes rutinarios, que resistían a las iniciativas del Padre Francisco por tratarse de "una novedad". Efectivamente ello ocurrió cuando el Venerable empezaba a trabajar en el Baratillo y luego en Desamparados. "Fue grande la contradicción que padeció dentro de la religión, causada por las personas más autorizadas de ella, cuando comenzó a entablar los ministerios del Baratillo y la iglesia de los Desamparados; ... oponían los dictámenes de las personas de más autoridad y mano en el colegio de San Pablo".(21) En el mismo sentido el entrañable amigo del Padre, Francisco Messía y Ramón, atribuye la oposición de algunos jesuitas a celos, pues creían que la "novedad" restaría asistencia de fieles a la iglesia de San Pablo. "¡Ah, Padre Maestro!", le confesó Castillo al padre Francisco Mejía, antiguo provincial de la orden de la Merced, "fuertes combates son éstos, pero cosas mayores tenemos que superar con la gracia de Dios".(22)
¿Se llegó a construir, en vida del Padre Castillo, alguna capilla en la plazuela del Baratillo? Vargas Ugarte da a entender que sí, pero sus argumentos no son convincentes. La construcción de la capilla es de fecha posterior al terremoto de 1687. Nos inclinamos a lo que afirman los historiadores Domingo Angulo y Enrique Torres Saldamando.(23)
La colocación de la gran cruz de roble, bendecida solemnemente por el arzobispo de Lima D. Pedro de Villagómez, fue el comienzo de una corriente de devoción popular que no cesa. Desde 1653 en que se efectuó la bendición hasta la actualidad, la Cruz del Baratillo, felizmente conservada a pesar de tantas peripecias y destrucciones de objetos sagrados en nuestro país, pertenece ya a la historia religiosa del Perú. Todavía en vida, el Padre Castillo gestionó de la autoridad eclesiástica indulgencias y favores especiales para los que recurriesen al sagrado madero. De la mano del Venerable son probablemente dos folios en 4° que se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid, en que se detallan los jubileos e indulgencias que convenía pedir a la Sede Apostólica para la Santísima Cruz del Baratillo. En la época en que se redactó ese documento la cruz ya había sido colocada en su peana y bendecida por el arzobispo Villagómez. Los jubileos e indulgencias podrían ser lucrados por los fieles en la forma usual. Entre las intenciones recomendadas están la conversión de los naturales, la exaltación de la fe católica, la paz y concordia entre los gobernantes, pero también que Dios "nos libre de los temblores que cada día están amenazando esta ciudad".
Aunque el Padre Francisco del Castillo vivió en una época muy distinta de la nuestra, su irradiación apostólica se mantiene actuante en nuestros días. En dos ocasiones lo ha subrayado el Papa Juan Pablo ll durante sus visitas al Perú. Fue en la homilía de la misa de ordenación -el 3 de febrero de 1985- cuando evocó la "ejemplar figura sacerdotal" del Apóstol de Lima. Tres años más tarde, en el Mensaje a los sacerdotes y seminaristas, leído en la Catedral de Lima el 14 de mayo de 1988, puso nuevamente el Pontífice al Padre Castillo como "ejemplo de amor a los pobres desde el Evangelio".
Notas
(1) Un místico del siglo XVII. Autobiografía del Venerable Padre Francisco del Castillo, de la Compañía de Jesús. Publicada con introducción y notas por Rubén Vargas Ugarte S.J. (Lima, 1960), 29-30.
(2) Summarium super dubio... (Roma, 1912). 107. En adelante: Summ.
(3) Summ. 129.
(4) Sobrino había sido connovicio de San Pedro Claver en Tarragona. Después de años de separación volvió a verlo, esta vez en Cartagena de Indias y comentó: "Tan novicio está hoy el padre Claver en el modo, como cuando le conocí en el noviciado". Ángel Valtierra, San Pedro Claver, el santo que libertó una raza (Cartagena, 1964), 50.
(5) Declaración del padre Bernardo Herrera (Trujillo). Summ. 177.
(6) Valtierra, op. cit., 136.
(7) Constituciones S.J., 5a parte, 520.
(8) Vid. Fórmula del Instituto, aprobada por Julio lll, 21 julio 1550, y Constituciones S.J., núm. 520-521, 531. Antonio Ma de Aldama S.J., Iniciación al estudio de las constituciones, 2a ed. (Roma, 1981).
(9) Declaraciones del padre Miguel de la Oliva y del padre Juan de Segarra. Summ. 78 y 82.
(10) Vargas Ugarte, en su Vida del Venerable Padre Francisco del Castillo de la Compañía de Jesús (Lima, 1946), no hace ninguna referencia a la profesión solemne ni a las circunstancias que la precedieron.
(11) Estas invocaciones marianas las recitaba en el Baratillo y en la capilla de Desamparados e incluso las había mandado pintar en letras de imprenta sobre los adobes de la peana.
(12) Del sentido de la frase se colige que Francisco desconocía el quechua.
(13) Testimonios del Hermano Pedro de Quintanilla, de Fray José Félix OFM y del P. Pedro Suárez, S.J. Summ. 148,140,143-144.
(14) Declaración de fray Antonio de Morales. Summ. 248-249.
(15) Declaración de Nicólas de Torres y Bohórquez, Alguacil Mayor de Lima, Summ. 131-132.
(16) Declaración de fray José Féliz OFM, Summ. 179-180.
(17) Summ. 227.
(18) Summ. 222.
(19) Ibid. 221-223. El lance debió de ocurrir hacia 1670, año en que Castillo es llamado como confesor por el conde de Lemos, dando origen a las referidas murmuraciones.
(20) José de Buendía, Vida admirable... del P. Francisco del Castillo. (Madrid, 1693), 144-145.
(21) Summ. 339.
(22) Summ. 353.
(23) Angulo cree que fue otro jesuita, el padre Alonso de Saavedra, quien edificó la capilla después de la muerte de su predecesor el padre Francisco. La capilla se mantuvo en pie hasta 1912 en que fue demolida. "Notas y monografías para la historia del barrio de San Lázaro de la ciudad de Lima (Continuación). IX. La ermita del Baratillo" Revista Histórica, tomo V, entrega IV, Lima 1917 p. 401.
"Revista Teológica Limense". Vol XXIV-N.1-1990. Pp. 134 - 143
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